EDICIÓN Nº 42 - ABRIL DEL 2003
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Si alguna persona me preguntara cuál es la percepción que tengo acerca de mi hijo, le diría que cada vez que lo contemplo me pregunto: ¿existirá en el mundo un niño más lindo, tierno, cariñoso, amoroso, terco, burlón, picón, etc…? Y si, si existe y es mi otro hijo, Ignacio. Esa es la percepción que tengo acerca de Mario Alejandro, mi hijo de 2 años 10 meses que nació con Síndrome Down, la misma percepción que tengo sobre su hermano, la de un niño como cualquier otro, con un enorme potencial, con una fuerza de voluntad tremenda para salir adelante, con un deseo grande de aprender a diario.

¿Qué se puede decir de un niño de esta edad? Que le encantan los dulces, le fascinan las fiestas de cumpleaños y la música, que a veces prefiere quedarse en casa jugando con su hermano que ir al nido, que le gusta estar rodeado de niños pero sobretodo disfruta más cuando está con papá y mamá.

En casa la pena, la impotencia, la cólera, la decepción del nacimiento de nuestro hijo con Síndrome Down pasó pronto, tal vez porque desde el inicio fuimos muy conscientes que cuanto más pronto superásemos nuestro dolor Mario Alejandro tendría un mejor pronóstico. Desde entonces comenzó a recibir las terapias adecuadas y al poco tiempo tuvimos a nuestro segundo bebé quien es su mejor estimulación tal como ya nos habían pronosticado.

Mario Alejandro asiste a un nido regular desde los dos años donde es aceptado y donde le exigen aprendizaje, disciplina y participación como a los demás niños; también toma clases de música una vez por semana y es ahí donde logramos reconocer cómo el integra todas las terapias e intervenciones que recibe: psicomotricidad al momento del baile y del desplazamiento; la terapia orofacial al momento de cantar; estimulación temprana, cuando sigue las pautas de la profesora y muchas sociabilidad cuando se integra y participa en el grupo, dicho sea de paso, es muy difícil convencerlo para salir cuando termina la clase. Adora sus clases de música.

Para terminar quisiera decir que Mario Alejandro supera con creces mis expectativas con respecto a su respuesta con el mundo y que criarlo y educarlo está resultando muchísimo más fácil de lo que habíamos pensado. También quisiera decir que él es mi vida, mi amor, lo más sublime que existe… al igual que mi Ignacio, ni más ni menos, y que es una bendición de Dios tenerlo, no porque haya nacido con Síndrome Down como muchos suelen decir, si no porque todos los hijos son bendiciones.

Mamá de Mario Alejandro


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