EDICIÓN Nº 36 - AGOSTO DEL 2002
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Queridos amigos:

Un tema que, aparentemente, no requiere de mayor discusión es el de la integración de las personas con necesidades educativas especiales.
Todos damos por hecho que nuestros hijos tienen y deben verse favorecidos por un sistema igualitario en lo social, cultural o educativo y para eso nos preparamos en casa.
Sin embargo, debemos preguntarnos realistamente: ¿Qué sucede cuando tenemos que trascender nuestro ambiente familiar? Algunos de nosotros hemos tenido que afrontar situaciones por decir lo menos, incómodas, como en el caso de intentar el acceso a la escuela regular.
Mucho se ha hablado al respecto y teóricamente este es un proceso superado. Lamentablemente, la realidad es otra, dado que existen serias dificultades, no sólo en Lima, sino también en provincias para que los niños y jóvenes con discapacidad, puedan compartir con sus pares la experiencia de vivir de manera integrada la etapa escolar.
¿A qué se debe esto?
Principalmente, a la falta de información del común de la gente, que puede generar, incluso, rechazo a la sola idea de incorporar al salón a un niño con necesidades educativas especiales y a la escasa capacitación de algunos profesores que, aparentemente, no cuentan con los recursos necesarios para defender la presencia en las aulas de un niño con discapacidad.
¿Y a todo esto, cuál es el rol de nosotros, los padres?
Debemos estar seguros de lo que queremos para nuestros hijos. Comprender que la educación especial es un derecho, como también lo es escoger una escuela regular. Si estamos de acuerdo con la integración, debemos participar activamente en la educación y formación de nuestros hijos.
Para ello, es necesario tener en claro que la escuela no va a hacer más que lo que esté a su alcance. Es decir, incorporar a nuestro hijo en un espacio facilitador de la integración, otorgando el derecho a un niño con discapacidad a desenvolverse en un ambiente normalizado.

Es importante, por ello, no dejar de considerar las exigencias que se irán presentando, en la medida que los grados pasen. Supervisemos muy de cerca sus avances y sus logros que, evidentemente, serán más lentos, pero no por ello dejarán de aprender.
Sin embargo, si nuestros hijos no están lo suficientemente aprestados, podríamos arriesgarnos a que, en cierta medida, pierdan la motivación o se sientan frustrados al ver que sus compañeros sin discapacidad avanzan más rápidamente.
Por eso, la accesibilidad a la escuela regular está relacionada al grado de la deficiencia, que determinará el programa a desarrollar, de acuerdo a las necesidades y capacidades del alumno. También existe una estrecha relación con las expectativas, actitudes y aptitudes y del profesor.
Además, si los maestros carecen de los conocimientos y los materiales necesarios, la integración de los alumnos con necesidades especiales resultará difícil de realizar. Más aún, la formación apropiada del profesorado se constituye en un requisito indispensable para una integración adecuada.


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