EDICIÓN Nº 43 - MAYO DEL 2003
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"Nuestra Victoria"

El nuevo siglo me enfrentó al reto de mi vida, descubrí que estaba embarazada a los 43 años, cuando menos lo esperaba y, aunque suene cruel, cuando menos lo deseaba. Tenía una hija que acababa de cumplir 15 años, y en mente una serie de proyectos en lo que no encajaba una criatura. El entorno familiar era del todo favorable, Elvira acabaría el colegio y decidiría qué hacer con su vida y nosotros podríamos dedicarnos de lleno a nuestras profesiones y darnos lo gustos que no pudimos durante la época de su crianza. La llegada de un niño venía a perturbar todos esos planes, significaba volver a empezar y eso ya es todo un reto para una madre añeja y un padre-abuelo. Tomé todas las previsiones del caso y me sometí a las diferentes pruebas que permiten determinar si el niño en gestación presenta algún tipo de problema, incluida la amniocentesis; los resultados obtenidos me dieron tranquilidad, en principio no había ningún problema.

Pero la realidad fue otra, me encontraba en el margen de error y mi hija nació con síndrome Down. Al enterarme, me puse a pensar en las ventajas de haberlo sabido y, a pesar de ello, haber decidido tenerla. Sin duda una, y muy grande, hubiera sido informarme, tener un plan de acción preparado al más mínimo detalle. Las cosas no se presentaron así. El aprendizaje tendría que ser forzado. Transcurridas las dos primeras semanas, durante las cuales me tomé una licencia sin ver a familiares ni amigos, decidí tomar el toro por las astas, llevar a cabo una reingeniería mental y empezar a informarme. Internet fue de gran ayuda, me permitió consultar muchas excelentes páginas especializadas para irme familiarizando con el mundo Down. Descubrí que contamos con excelente bibliografía sobre el tema, tanto en español como en otras lenguas. Seguí los consejos de los especialistas de vanguardia que recomendaban consultar fuentes publicadas con una antigüedad no mayor a los diez años. En efecto, las fuentes antiguas tienen una visión muy limitada sobre el tema y resultan bastante desalentadoras para los padres. Informarme fue sumamente importante, pero no suficiente. Había que involucrar de inmediato a Victoria en un programa de estimulación temprana y tuve la suerte de toparme con excelentes profesionales que colaboraron, y continúan colaborando, en esta delicada tarea con nuestra familia desde que Victoria cumplió 15 días de nacida, a quienes agradezco desde aquí su constante apoyo.

Hoy Victoria tiene dos años seis meses y al igual que todos los niños de su edad, asiste a un nido regular. El nombre de Victoria fue, sin duda, premonitorio. Ahora Victoria es un reto con valor agregado para nuestra familia, sacarla adelante será "nuestra Victoria" y "salir victoriosa" la suya.

Mamá de Victoria.


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