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Los peruanos invisibles
Teresa Tovar S.
En nuestro país democrático del siglo XXI hay un considerable grupo de personas que están excluidas de una serie de derechos básicos como el de ser atendido en un centro de salud, educarse en el colegio que elijan, acceder a un puesto de trabajo, desplazarse en la ciudad, usar los medios de transporte, casarse, tener hijos, etc. ¿Quiénes son esos peruanos? ¿acaso todavía existe la esclavitud o la servidumbre? ¿se trata de una tribu salvaje que esta fuera de la civilización? No, se trata de personas que viven en medio de la civilización pero arrinconados por ella: los peruanos o peruanas que tienen algún tipo de discapacidad.
Pero no son muchos, dirán algunos, será cosa de darles una atención especial rápida. Doble error. 1) sí son numerosos, aunque invisibles en las estadísticas; y 2) no se trata de atenderlos de manera "especial" y separada del resto, sino de integrarlos a todos los niveles de la sociedad.
¿Cuántos son? No se sabe exactamente cuántas personas con discapacidad existen en nuestro país la información disponible es incompleta e imprecisa. Se trata de un asunto que no es aun visible para los expertos, y menos aún para la sociedad. Según los datos del último censo nacional de 1993 el 1,3% de la población (288,000 personas) tienen discapacidad, pero según el Instituto Nacional de Rehabilitación alcanzarían el 31% de la población (es decir 9 millones). Estamos ante cifras demasiado disparejas. No obstante, los expertos coinciden en señalar que se trata de un problema de envergadura nacional, totalmente invisibilizado y minimizado por el censo, ya que a nivel internacional el promedio de personas con discapacidad es el 10% de la población. Si asumimos entonces este referente promedio, estamos hablando entonces de 2'700,000 personas con discapacidad, casi tantas como personas analfabetas (12%: 3'260,000)
La sociedad debe tomar conciencia que existen, que son peruanos, que son muchos, que tienen los mismos derechos que cualquier ciudadano del país, aunque no siempre pueden ejercerlos. El derecho a la educación por ejemplo, en el país hay sólo 862 centros educativos (especiales y regulares) que atienden alrededor de 28,000 alumnos con discapacidad, es decir una gota de agua en el mar porque ¿cuántos cientos de miles personas con necesidad de aprender se quedan fuera? Es obvio entonces que los derechos a educarse que establece la Ley General de la Persona con Discapacidad No.27050 no se cumplen, comenzando por el derecho a ser admitido en cualquier colegio regular hasta el requerimiento para que los centros educativos se adapten física y curricularmente a las necesidades de las personas con discapacidad.
Los arquitectos y gerentes de obras tampoco parecen están muy informados o atentos para con la obligación de construir locales que sean accesibles ¿Puede alguien imaginar cómo tiene que hacer una persona en silla de ruedas para subir a uno de los tantos puentes peatonales construidos en la última década en toda la ciudad? Las universidades no tienen sistema braille para personas con ceguera o lenguaje de señas para personas con sordera, ¿no son ellas mismas ciegas frente a sus obligaciones y sordas frente a los reclamos de las personas con discapacidad? El propio Congreso de la República no utiliza el lenguaje de señas ni tiene rampas en sus entradas y salidas. ¿Qué sistema democrático es éste que con una mano borra los derechos que con la otra escribió?
¿Qué significa incluir a las personas con discapacidad? ¿Hay que hacer un "apartheid" porque se trata de personas diferentes? ¿y entonces que estén en colegios especiales, en hospitales diferentes, que no entren a los lugares públicos?, etc. ¿No es acaso la democracia el respeto por la diversidad humana? ¿Acaso nuestra Constitución no consagra la igualdad de todas las personas y la defensa de la dignidad humana? Beethoven, "discapacitado" genial, valga la redundancia, decía que el único símbolo de superioridad válido es la bondad. Precisamente, muchas personas con discapacidad han aportado a la humanidad y a la civilización mucho más que otras "normales" que la han destruido. ¿Con quien nos quedamos con Hitler o con Hellen Keller? En el Perú ¿a quien valoramos a José Carlos Mariátegui o a Vladimiro Montesinos? ¿quién es mejor ciudadano: un narcotraficante o una persona con deficiencia intelectual que nos atiende amable y eficientemente en las tiendas Wong?
La sociedad a que aspiramos está hecha del aporte de todas las personas que, al margen de sus diferencias y particularidades, conviven en armonía y construyen bienestar. No nos equivoquemos. Descubramos lo invisible y recordemos que aquello que es diferente es más hermoso, tan sólo hay que atreverse a cruzar los portales del misterio que encierra.
LA GRAN EXCLUSIÓN
El Comercio 21 10 2003, León Trahtemberg Incapacidad frente a la Discapacidad:
¿Sabía usted que según el código civil un sordomudo es un incapaz y no puede testar ni casarse? ¿Que pese a haber 2,6 millones de personas con discapacidades y minusvalía solo 31.000 son atendidos en centros de educación especial, que es menos del 25% de los que tienen edad escolar? ¿Que 41% de los discapacitados son analfabetos? ¿Que el seguro escolar gratuito generalmente se niega a brindar atención a los niños con discapacidad, argumentando que se trata de enfermedades preexistentes, lo mismo que ocurre con el seguro integral de salud para las personas adultas? ¿Que de los 57.000 colegios que hay en el Perú solo 448 son centros educativos especiales y solo 414 son colegios regulares que reciben alumnos discapacitados?
Hay mucha desinformación e indiferencia frente a esta exclusión de los discapacitados que en muchos casos son personas que la sociedad peruana ha excluido de su vida económica, social y muchas veces también familiar.
El Consejo Nacional de Educación así como la Comisión Especial sobre Discapacidad del Congreso de la República presidida por el congresista Javier Diez Canseco se están movilizando para precisar la magnitud y diversidad de características de esta población y para poner en la agenda nacional el tema de los discapacitados, sus derechos y los deberes que tenemos todos para con ellos por un elemental sentido de justicia social.
Todos tenemos algunas capacidades y algunas discapacidades. Lo que pasa es que en algunos las discapacidades son más visibles y producen impedimentos más concretos para comunicarse, movilizarse o utilizar todos los sentidos. Sin embargo, un quiropráctico ciego eficiente, un contador sordomudo responsable, un paralítico con gran lucidez para diseñar, programar o hacer actividades académicas de escritorio, un niño con síndrome de Down que puede entregar enormes dosis de cariño a enfermos o ancianos, tienen capacidades de las que carecen muchas personas que teniendo la apariencia normal, son muy indolentes, indiferentes, trasgresores o corruptos. ¿Quién de los mencionados le aporta más valor agregado ético y moral al Perú? ¿Los discapacitados a quienes se permite desempeñarse de acuerdo con sus fortalezas, o quienes pudiendo disponer de la plenitud de sus capacidades físicas necesitan muletas morales para construir en lugar de destruir?
Una vez más, no se debe juzgar ni dar oportunidades a las personas en función de su apariencia o limitaciones, sino en función de su naturaleza humana y sus virtudes. El día que los peruanos entendamos eso seguramente estaremos en camino de construir una sociedad mejor. Asumir la opción integradora de la inclusión de niños discapacitados en los colegios regulares reflejaría una postura verdaderamente educativa tanto de parte de las autoridades como de los propios padres de familia, maestros y alumnos. El reconocimiento de que todos somos diferentes y que nadie tiene por qué ser excluido en razón de sus diferencias es uno de los valores éticos y democráticos fundamentales. En términos prácticos, en un marco así los niños sin discapacidades pueden beneficiarse de la convivencia con los discapacitados, porque ponen a prueba su capacidad de tolerar y asumir las diferencias, lo que constituye una lección de vida que perdurará para siempre. Por su parte los discapacitados se benefician porque se sienten incluidos entre pares, y los profesores se benefician porque esta experiencia estimula su capacidad de trabajar con enfoques más personalizados que son los realmente educativos.
Dicho sea de paso, si la educación en la diversidad tan solo se aplicara en los colegios regulares a los alumnos hiperactivos o con problemas de aprendizaje, en vez de marginarlos o expulsarlos, avanzaríamos mucho en nuestra educación. De allí que poner en la agenda nacional la inclusión y los discapacitados constituya una obligación ética y cívica de primer nivel.
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