EDICIÓN Nº 47 - SETIEMBRE DEL 2003
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LA DISCIPLINA: UN ACTO DE AMOR

Disciplinar no es castigar, dar de gritos o imponer la propia voluntad a los niños. Disciplinar es un acto de amor. Es un acto de amor hacia los propios hijos porque supone, en primer lugar, aceptarlos como personas, tal como son, pero a la vez invertir tiempo, dedicación, inteligencia, paciencia y tolerancia para que esa personita en desarrollo aprenda, paso a paso, ensayo tras ensayo, a controlarse, a manejarse a sí mismo de acuerdo a las pautas que, como padres, nos hemos planteado. Esto no es fácil porque muchas veces supone para el niño renunciar a satisfacer de un modo inmediato deseos o impulsos, que por su nivel de desarrollo aún está en proceso de modular. La disciplina, o el poner límites, va de la mano con pasar buenos momentos en la convivencia diaria. Ejercer una buena disciplina desde temprana edad (a partir del año en principio y acorde con el momento evolutivo del niño) más bien garantiza que podamos pasar con nuestros hijos mayores y mejores momentos. En realidad, la buena disciplina es la base de una sana convivencia familiar y base de la convivencia social. Analicemos esto:

  • Aceptar a nuestro hijo tal como es supone conocerlo bien, saber cómo es su temperamento y respetarlo. Algunos niños son más activos que otros, más sensibles a los estímulos ambientales o los cambios, algunos tienen “más correa” que otros y su sentido del humor predomina, algunos son más coléricos y otros más tímidos que sociables. Por lo tanto, cada niño es distinto y en consecuencia tiene necesidades particulares. El modo de cada niño de procesar el aprendizaje de la disciplina es, por tanto, también propio y con cada hijo hay que ir descubriendo cuáles son los modos que más “calan” en él o ella. Sin embargo, también es cierto que todo niño necesita límites claros, rutinas organizadas y varias veces oír un contundente “no”.



  • El aprendizaje de la disciplina es un proceso. Esto quiere decir que el niño no puede aprender de un momento a otro a portarse adecuadamente, como por arte de magia. Muchas veces asumimos como padres que nuestro hijo debe “estar quieto, saludar, no gritar, dejar que los adultos hablen antes de que él intervenga, etc, etc, etc”, sin darnos cuenta que cada una de estas tareas suponen un aprendizaje y una correspondiente enseñanza por parte de los padres. Por otro lado, muchos papás y mamás desean que los niños aprendan en tiempo supersónico: “a la primera advertencia ya deberían saberlo todo...”. Aprender las reglas de conducta toma su tiempo, el niño necesita ensayar las nuevas formas que se le tratan de inculcar, a veces puede fracasar y equivocarse. Como todo aprendizaje se da por fases y de manera parcial, pero, poco a poco, y si hay un adecuado estímulo por parte del educador, el niño aprenderá una nueva regla y se sentirá bien consigo mismo por esta conquista. Entonces los padres se sentirán también orgullosos de ello y paso a paso, ladrillo por ladrillo la casita emocional del niño se irá construyendo sólidamente con el apoyo constante de sus padres.



  • Todo niño pequeño tiene un motor que lo dinamiza: el buscar el amor y la aprobación de sus padres. Además de ello, el niño tiende naturalmente a trabajar por su desarrollo. Por lo tanto, si un niño está sano emocionalmente deseará “portarse bien” y estar en armonía con su entorno. Si hay una buena relación de base con sus padres, todo niño aceptará con alegría “formar con sus padres una alianza que encamine su desarrollo”. El niño podrá mostrarse en el momento reacio a acatar ciertas pautas y protestará, pero en el fondo se sentirá seguro y amado. Un niño al que se le consiente en todo y que no tiene límites claros es infeliz y buscará encontrarlos acentuando su mala conducta, probando a sus padres: “a ver cuándo me los ponen de una vez por todas”.



  • Muchos papás y mamás asumen que hay un solo modelo de “buena conducta” y que este modelo asumido automáticamente debe aparecer por generación espontánea en el niño. En realidad, el niño aprende lo que sus padres le enseñan y si tiene un mapa claro de por dónde dirigir su embarcación las cosas le resultarán más sencillas. Esto quiere decir que los padres para poder disciplinar bien a sus hijos deben haber discutido previamente y de manera recurrente qué quieren enseñar a sus hijos, qué reglas son indispensables para el equilibrio familiar, qué reglas pueden flexibilizarse, cuáles ignorarse. Sólo así ese “mapa” de los linderos por los cuáles el niño puede moverse será fácilmente trasmisible y las cosas funcionarán. Está por descontado que los padres deben también guiar su propia conducta de acuerdo a los principios que asuman como familia. Los niños aprenden, sobretodo, con el ejemplo.



  • Disciplinar a los hijos, o saber colocar límites, supone un gran esfuerzo para los padres y las madres. No es una tarea fácil porque demanda paciencia. Paciencia porque hay que saber esperar a que el niño pruebe, ensaye los nuevos comportamientos. Porque ha de equivocarse muchas veces y habrá que volverle a recordar lo que debe y no debe de hacer. También demanda dedicación: es importante asumir esta tarea como parte intrínseca al hecho de ser padres y madres. Toma tiempo y no es precisamente la actividad más agradable y placentera que hay. Supone pasar momentos de fricción, de conflicto, pero en la construcción conjunta de la casita emocional del niño radica la satisfacción más profunda del ser padres. Por último, necesitamos desarrollar tolerancia porque nuestro hijo no se ajustará jamás a la imagen ideal que guardamos en nuestra mente. Nosotros como padres también debemos procesar esto e ir construyendo un marco realista y satisfactorio de lo que podemos lograr con nuestros hijos.



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